miércoles, 22 de octubre de 2014

mucha censura

lunes, 20 de octubre de 2014


La paradoja histórica es que, en cierto sentido, estamos más próximos a problemas examinados en la primera mitad del siglo XIX que a los que heredamos del siglo XX. Como en las cercanías de 1840, nos enfrentamos a un capitalismo cínico, seguro de ser la única vía posible de organización razonable de las sociedades. Por todas partes se insinúa que los pobres tienen la culpa de ser pobres, que los africanos están atrasados y que el porvenir pertenece o bien a los burgueses “civilizados” del mundo occidental, o bien a aquellos que, a semejanza de los japoneses, seguirán el mismo camino. Como en esa época, hoy, nos encontramos con zonas muy extensas de miseria extrema en el interior mismo de los países ricos. Nos encontramos, tanto entre países como entre clases sociales, desigualdades monstruosas y crecientes. El corte subjetivo y político entre los campesinos del tercer mundo, los parados y asalariados pobres de nuestras sociedades “desarrolladas” por un lado y las clases medias “occidentales” por otro es absoluto, y está marcado por una especie de odiosa indiferencia. Más que nunca el poder político, como lo demuestra la crisis actual con su única consigna de “salvar los bancos”, no es más que un apoderado del poder del capitalismo. Los revolucionarios están desunidos y débilmente organizados, amplios sectores de la juventud popular han sido ganados por una desesperación nihilista, la gran mayoría de los intelectuales son serviles.  

(Badiou en "La idea del comunismo")

lunes, 6 de octubre de 2014

 esta vida significante, esta cierta significación de la naturaleza y de la historia que yo soy, no limita mi acceso al mundo, es, por el contrario, mi medio para comunicar con él. Es a base de ser sin restricciones ni reservas lo que actualmente soy que tengo la posibilidad de progresar; es viviendo mi tiempo que puedo comprender los demás tiempos, es ahincándome en el presente y en el mundo, asumiendo resueltamente lo que por azar soy, queriendo lo que quiero, haciendo lo que hago que puedo ir más allá.     

(Merleau-Ponty en Fenomenología de la percepción)
Parece que cuando un escritor publica algo en un periódico se dice a sí mismo: aquí voy a escribir aburrido y voy decir cosas que a nadie le importan, me la voy a pasar jugando a tirarle a la meta del metadiscurso y del metalenguaje. Hablaré de cosas estáticas. Voy a escribir como si estuviera haciendo un informe de contabilidad, como si fuera un abogado escribiendo un contrato de renta, como un ghost writer que vive de hacer discursos políticos.  Voy a poner todo mi empeño en el decir sin ganas ni creatividad, con toda la intención de repeler a mi lector porque lo odio, lo odio más que a nada y mi odio viene de que no es sino gracias a ese lector que persigue mi nombre que a mí me pagan y el pago me limita, me esclaviza.

Parece que cuando un periódico o un suplemento cultural descubre a un escritor, el tipo ya está medio muerto, sus ideas se leen secas, tiesas. Su escritura es ya solo el acto mecánico de cambiar uno o dos pesos por palabra. Los peores son los ensayistas y los poetas; los narradores medio se salvan porque para ser narrador hay que saber mentir y para la mentira es absolutamente necesaria la creatividad (yo por eso, como narradora estoy jodida).

Me acuerdo que Pedro Juan me decía que los escritores tienen tan solo fuerza para unos cuantos libros, luego se secan, se les acaba la vitalidad y se quedan en silencio o escribiendo mal. Yo creo que es justo en este momento de su carrera cuando los descubre el periódico y les ofrece una columna semanal. Es una cosa triste.

En el único escritor del periódico en quien confío es en el periodista, ese no se puede secar porque no se nutre de sí mismo. Es un vampiro.

También confío en el cronista, de hecho es mi favorito. El cronista es filtro, es proyector, ayuda a ver a la distancia y deja pasar pedacitos de sí. Los mejores, los que hacen de la crónica un arte son los que se saben esconder dentro de ella y logran crear la ilusión de la realidad toda.

Respeto profundamente a los periodistas y a los cronistas que se cruzan a la frontera literaria, pero a los 'creadores' (y a los políticos) que se cruzan a la frontera periodística, no los soporto.

Ha sido un día horrible.

Recién empiezo a entender que no es hambre lo que tiene la bestia, ni siquiera son ganas de matar. No se puede hablar de salvajismo, ni de poder, ni siquiera de odio. No hay condición animal o monstruosa a qué echarle la culpa.

Es algo mucho más grave, más parecido a la indiferencia, la indolencia, la insensibilidad absoluta. El hombre automático en modalidad doberman.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Yo no me sé las eras de memoria, ni los siglos, ni puedo ver toda la historia linealmente. No me la creo.

Ya dije que desde hace mucho descubrí que todo viaje es un viaje en el tiempo.

 Ser del lugar a donde llegan todos los que huyen  permite ver como los tiempos que cada persona o cada grupo trae consigo se condensan en un solo espacio y cohabitan, chocan. Cada uno trata de imponer el suyo,  al menos en su terreno, en su casa, en lo poquito que puede controlar.

Mi tiempo, el de mi madre y el de mi padre eran distintos. El mío es mucho más cercano al de mi madre, las dos somos norteñas, fronterizas, independientes, somos más o menos modernas. Mi padre al contrario, venía de la Tonaya del Llano en llamas, completamente estancada, aislada, miserable, olvidada.

En la plena desesperanza, después de encontrarse a una marrana en el campo, mi padre decidió hacer su propio viaje en el tiempo, ir al futuro en Tijuana. La marrana tuvo crías que se vendieron a pesar de la pobreza del lugar y con ese dinero mi padre se pagó un boleto sin vuelta. Pero mi padre no contaba con eso de los tiempos, él traía el suyo muy bien delimitado, traía el orden y las jerarquías marcadas con fuego y trató de imponernoslas aconsejado por esa pequeña bestia que tenemos todos los seres humanos, pero no contaba con que salir de Tonaya implicaba abandonar su etapa evolutiva, su tiempo histórico para llegar a chocar con un tiempo múltiple, gravitacional, en movimiento, en flujo, en caos.

Y así fue como mi padre se convirtió en un patriarca sin barrio.


jueves, 25 de septiembre de 2014

Lo siento en el lado izquierdo del cerebro, es algo como cuando uno hace gimnasia y los músculos del cuerpo duelen y despiertan.

martes, 23 de septiembre de 2014

…la palabra es el asesinato de la cosa

(dice un tal Satavrakakis parafraseando a un sicólogo y a un lingüista que no se ponían de acuerdo)


viernes, 19 de septiembre de 2014

Why are men so proud of their balls? I don't get it.

(uno de los tantos momentos de claridad de la Ninis)

jueves, 18 de septiembre de 2014

Acabo de ver a Zizek subir al autobús. Parecía un Marx crudo, chato y narizón pero con fleco (un poco sudado y grasoso, por cierto)

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Oigo las canciones de la mafia en la radio y poco a poco empiezo a entenderme.

Voy en el tráfico este ridículo en el que se respeta el peatón y se maneja a 25 millas, en este lugar donde nadie suena la bocina ni para salvar su vida y en los cruceros hay una competencia mortal para ver quién es el más cortés al ceder el paso (pierdo, siempre, pierdo, orgullosamente pierdo).

La música de la mafia tiene un ritmo simple y agitado, primitivo, es un sonsonete chillón de resortes vencidos en una cama vieja. No puedo decir que me gusta, cuando la escucho más bien me siento asombrada, fascinada en verdad,  porque es música de revelación que habla de pura filosofía. Sus grandes temas son la muerte, el placer, el poder, el honor, el respeto, la libertad, la aventura, la valentía, el devenir, el destino. Es una cosa muy rara que casi no habla de emociones, nada de amor ni de odio, no hay espacio para ternuras ni sensibilidades, el dolor no existe, tampoco el miedo, menos la tristeza. La familia es un ente que sólo aparece en el entierro del antihéroe. Algunas canciones son la crónica vital del macho y sus reflexiones frente al mundo, otras son el hedonismo masculino más radical y superficial: fiesta, droga, parranda y mujeres (como símbolo de estatus, como elemento decorativo, como figura de la satisfacción del deseo).

Y nada, pues, que cuando manejo oigo música de hombres para hombres en la que yo no existo, no me veo, no me oigo pero de algún modo me entiendo porque es mi cultura que me niega y sin embargo me crea.

Soy, chingado, soy.

Cuando oigo una letra particularmente sangrienta veo la herencia del origen de toda cultura.

Escucho todos los elementos del juego y de la guerra: territorio, defensa, control, ataque, estrategia, habilidad, reglas, subalternidad, jerarquías.

Como le digo a usted, es una cosa fascinante.





viernes, 12 de septiembre de 2014

En aquel tiempo todavía me levantaba tarde. Mi padre me despertó por teléfono, dijo algo de un helicóptero y la televisión (esto lo he contado cien veces, unas dos o tres aquí) y un accidente y yo, como siempre, no le hice caso. Mi padre tenía el don de la exageración, yo en cambio tengo el vicio del realismo. Desde muy temprano aprendí a desconfiar en toda medida de las fantasías fatalistas de mi padre, pero encendí la tele y claro, ahí estaba todo. Había sido un verano particularmente malo, yo era una madre novata jovencísima con una tienda de habanos a cuestas. El presagio del invierno nunca era bueno, pero ese día fue desolador. Cerró la frontera. La calle estaba desierta, hacía fresco, no parecía septiembre. Vimos el derrumbe y todo lo que todos vieron. No había más que hacer. La tienda no abrió, yo creí que ahí quedaría todo; ni un ahorro encima, la certidumbre de un invierno funesto y encima los turistas  que en los '90 derrochaban su crédito en habanos, a partir de entonces perderían sus casas, sus carros, sus trabajos y se quedarían encerraditos en apartamentos de renta recordando los tiempos en que les enseñé a encender un puro con una varita de cedro español.

Ese día nos fuimos. Era temprano, Ninis empezaba con el asma. Fuimos a Tijuana a pasear en el Parque Teniente Guerrero. Todo estaba desierto. No sé. Parecía que el invierno fuera un pariente indeseable que llegó sin avisar. Había mucho silencio, mucha luz blanca, mucho frío seco.

Quiensabecómo sobrevivimos.

Aunque cada año que siguió fue bastante malo para el negocio, lo manteníamos de las historias que nos inventábamos y de la amistad que cultivamos con los clientes. Cada invierno enunciábamos las estrategias que seguiríamos el siguiente verano, los productos que compraríamos, los viajes que haríamos. Puras mentiras. Así pasaron nueve años.

Es muy curioso cómo a la distancia pueden verse las cosas alineándose unas con otras, formaditas y organizadas como si verdaderamente pudiera hablarse de un destino.

Esto empecé a escribirlo después. Ya sabe usted que lo que siguió fue duro. ¿Qué puedo contarle que usted no sepa ya? Mucho, pero más vale que pase más tiempo.

Aquí escondidos hay muchísimo miedo y censura. Hay vecinos, familiares y amigos asesinados, torturados, secuestrados, desaparecidos. Algunos tienen nombre, otros no. Algunos aparecieron, muertos, casi siempre, otros no van a aparecer nunca.

Y… qué le puedo decir ahora.

Hay un éxodo microscópico y una repoblación extraña conformada por miles de deportados que han hecho de la frontera su limbo. Pero lo que más hay es miseria. Por un lado hubo estrategias de resistencia, de negación, de reclamo del territorio, del lenguaje, de la vida. Ya sabe usted, los artistas, los intelectuales y los cándidos con sus discursos para salvar el mundo. Hubo una reapropiación de la cultura que antes se despreciaba y eso desencadenó en que surgiera un estilo de vida hedonista que al principio tuvo su gracia pero ahora apesta a snobería. Es un momento paradójico en que la ceguera no es frente a la sangre y la bala, ahora lo transparente, tan ostensible, es la miseria y todo lo que viene con ella.


martes, 2 de septiembre de 2014

Estoy en un tercer piso con terraza. Es un apartamento clonado con alfombra cortita y oscura para esconder la mugre.

Lo primero que hice fue comprar una planta de ruda, una sábila, algúnas suculentas y una planta de sombra para limpiar el aire.

Todo es paz y armonía. La gente se detiene en los altos. El aire siempre está limpio y a veces tiembla.

En la frontera mi carro era cosa rara: pequeño, viejo, bajo, gris, híbrido de primera generación, pasado de moda y sin ningún brillo, pero aquí vino a encontrarse con todos sus primos y hermanos. Aquí es uno más.

El viejo chino regala ayuda y orientación geográfica de corazón.

Los teléfonos públicos ofrecen regresar los pasaportes perdidos.

No suena la banda por ningún lado, por eso a veces pongo la estación que toca corridos de mafia, es como oir las noticias.

Los árboles forman túneles translúcidos sobre las calles.

Hay lagos ocultos y extraños negocios de cestería o de cerámica que sobreviven inexplicablemente.

Cuando oigo español me quedo callada, escucho con atención y me doy cuenta que el escaso code switching es señal de migración reciente.



domingo, 24 de agosto de 2014

La catástrofe nos pasó por encima, nos revolcó, nos empezó a matar rápidamente, nos dejó callados, en shock, nos llevó a desconfiar de todos, a no dejar pistas, a no hacer preguntas, a ser humildes.

La catástrofe. Siempre la esperé de otra manera.

Quedó la miseria, el hambre, los ojos y los corazones desorbitados por el cristal, la tristeza, el montón de fotos familiares agujeradas a balazos. Hacemos el recuento para ver quienes son los que faltan mientras oramos, pedimos, rogamos a lo que sea con tal de que ya no nos falte nadie más.

La última noche que pasé en mi casa, en mi país, en mi barrio, mi cama apenas era un colchón en el suelo. Todos los muebles estaban en una bodega de San Diego listos para la mudanza. Mi hija y yo estabamos solas y nos costaba dormir, estabamos cansadas de la mudanza y ansiosas por iniciar el viaje. En un pestañeo vi los códigos de la policía en la pared. Nos quedamos quietas. No hacía falta asomarse a la calle: azul y rojo es patrulla; rojo, ambulancia o bombera. Las luces se movían sobre la  pared en ráfagas intermitentes, era la señal de que la patrulla estaba frente a nuestra casa. Me asomé a ver qué pasaba, Ninis se angustió, me pedía que no asomara la cabeza por la ventana, que me quedara en el suelo con ella. Y nada: afuera había tres patrullas con las luces encendidas, tenían las sirenas en mute. Me dio miedo.

Casi pegadas al piso nos fuimos a la sala,  porque es la parte de la casa que queda más lejos de la calle. Nos envolvimos en un edredón a esperar que los códigos desaparecieran de la pared. Me dio mucha rabia que mi última noche ahí fuera así. Me sentí en la guerra, en espera de que una descarga agujerara las paredes de la recámara.

Estuvimos así una media hora, hasta que las patrullas se fueron. No supimos qué pasó. Si era un retén, si buscaban a alguien, si sólo se detuvieron para conversar.  Como ya dije, algo que aprendimos muy bien fue a no hacer preguntas.

La mañana siguiente salí de ahí sin nostalgia ni remordimiento alguno.

viernes, 25 de julio de 2014

A sacar la garra.